EL TEATRO INDEPENDIENTE VUELVE A BRILLAR CON COMIPINI
La obra se desarrolla en una modesta casa de fin de semana frente al río Coronda, donde tres amigos de toda la vida comparten un domingo lluvioso de otoño entre asado, truco y bromas. Lo que empieza como un encuentro costumbrista, una reunión de camaradería masculina, deriva en una tensa maraña de secretos cuando sale a la luz una relación extramatrimonial. Un accidente fatal, la llegada de terceros y la presión de los secretos revelan una masculinidad frágil y violenta. Humor, suspenso y crítica social con un final inquietante.
Bajo la dirección de Joaco Alonso, la propuesta plantea una puesta realista intensificada subrayando con gestos sutiles las capas más oscuras y corrosivas que el autor desliza detrás del humor y la anécdota. El texto se apoya en un verosímil costumbrista que se deforma progresivamente hasta rozar lo grotesco, generando que esa reunión de asado, juego de truco y chicanas de varón se convierta en una pesadilla provinciana donde todo lo que se calló durante años irrumpe en forma de cadáver.
El vestuario es cotidiano, típico de una jornada de pesca en la costa del río. La escenografía reproduce una casa de fin de semana en las afueras mediante signos mínimos y selectivos: una mesa central con herramientas, naipes, comida y bebida será el corazón del dispositivo. A un lado, una puerta a la cocina, y al otro, una puerta que conduce al “galponcito de las lanchas”. Nunca se verá ese galpón, pero la acción fuera de escena juega un papel fundamental, contribuyendo al desarrollo de una atmósfera densa, el suspenso flotando en el aire. En todo momento, la lluvia afuera de la casa, recreada por las luces y efectos de sonido. El espacio, apenas envejecido, no posee decorativos; la casa parece estar habitada más por recuerdos que por personas.
La iluminación acompaña el deterioro progresivo del estado emocional de los personajes. Comienza cálida y tenue, como en un domingo familiar común, y se vuelve cada vez más contrastada, con zonas de sombra más marcadas, hasta derivar en un apagón total. Un final opresivo, cortante y acompañado de un silencio espeso.
“Hay algo de esa tradición, de esa reunión que se practica casi religiosamente, que es muy potente; y es aún más potente cuando se rompe”, dice Joaco Alonso, destacando uno de los rasgos que lo atrajo al material de Borra García.
“Hay risas, hay momentos de emoción y hay mucha reflexión. Se van a ir con muchas preguntas”.
